Tanto que contar (2016)

Tanto que contar (Editorial Seleer, 2016) es mi segundo libro, fue presentado el 26 de mayo del 2016 en la Biblioteca Can Ventosa (Ibiza).

La idea de escribir un libro siempre había rondado por mi cabeza –desde que descubrí el apasionante mundo de los libros–. Inventar una historia que emocionara a los demás, como hacían conmigo las que leía, era una idea atractiva, pero traía consigo muchas dudas. No sabía por dónde empezar ni qué escribir.

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No lo hice hasta que cayó en mis manos un libro de Jack London; llamado Martin Eden. Descubrí este libro, gracias a un profesor que tuve en tercero de la ESO. En esta obra, London nos cuenta la historia de un marinero de veinte años; un marinero con modales cerriles, que no sabe leer ni escribir.

La vida de este pobre hombre cambia radicalmente cuando es invitado a cenar en un hogar burgués; desde ahí, Martin queda impresionado por la vida que llevan estas gentes y se propone dejar el trabajo duro, las borracheras y la mala vida. London, para no pecar de arribista, disfraza esta intención, que su personaje tiene, a través de un amor: Martin Eden piensa que si se convierte en un hombre culto y con cierto grado de sensibilidad hacia el arte; la muchacha Ruth caerá rendida a sus pies.

Desde aquel pensamiento, el joven marinero, comienza a dedicar horas al estudio y a los libros. Es ahí donde me doy cuenta de que para poder escribir hay que dedicar mucho tiempo a la lectura.jack-londonok Así pues, seguí leyendo con voracidad: Descubriendo nuevos mundos, adentrándome en los lugares más oscuros del pensamiento humano. Desde los 14 años, hasta ahora, no he abandonado la lectura, ya que es un quehacer imprescindible, que aporta una infinidad de beneficios.

Todavía recuerdo las primeras lecturas; lecturas en las que me sumergía completamente y deseaba no salir de ellas, porque la vida ahí era perfecta. Recuerdo los paseos por las calles de Nueva York con Holden Caulfield;  las investigaciones en la abadía benedictina con Guillermo de Baskerville; los dulces desayunos que tomaba junto a Sherlock Holmes o las aventuras que vivía en la Tierra Media gracias al maravilloso mundo creado por Tolkien. También, indagué –y lo sigo haciendo– en las corrientes filosóficas más importantes. Pude descubrir a Platón, Aristóteles, Schopenhauer, Kant, Santo Tomás de Aquino, San Agustín, Voltaire, Rousseau, Pascal, Locke, etc.

Todo esto, sin olvidar las lecturas que requerían una cierta madurez literaria y que me impresionaron profundamente: Pienso en la niña traviesa que era Lolita; en la última frase del Ulises de Joyce, aquella declaración de amor que Molly Bloom hace a Leopold; o viendo como Marcel moja una magdalena en un taza de té y a partir de ahí recuerda toda su infancia.

Es difícil explicar el porqué de este libro sin hacer un repaso, aunque sea somero, de todas las lecturas que, de alguna forma u otra, me han ayudado a emprender esta tarea. Escribí mi primera novela con 15 años, era una novela –o un intento de novela– de ciencia ficción. En ella contaba la historia de Lucas y su afán por encontrar unos objetos sagrados.

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Nunca he parado de escribir.  Pienso –al igual que el poeta Luis Alberto de Cuenca– que el papel en blanco no es una cárcel metafísica sino un campo de juego, y que dar rienda suelta a lo que anida en tu interior; libera a la persona que escribe y lo colma de alegría y satisfacción.

Ojalá pudiera hablar de todos los libros que admiro con fervor, pero eso resultaría agotador para todos ustedes. Intentar contagiar a los demás el amor que uno siente por algo es una tarea difícil.

Cuando escribo no puedo dejar de pensar en las páginas que he leído, en los hombres y mujeres que admiro, pienso siempre en London, Cortázar, Carpentier,  Faulkner, Borges, Italo Calvino, Virginia Woolf, Marguerite Duras, Chesterton, Stevenson y, sobre todo, en Víctor Hugo y Flaubert.

Sí, es verdad, me di cuenta de que quería escribir cuando leí Martin Eden, pero esta vocación se consolidó cuando leí El siglo de las luces, Luz de agosto, Funes el Memorioso, El barón rampante, Orlando y El amante.

Tanto que contar nació del deseo por compartir con los demás lo que la imaginación me dictaba. Los relatos que contiene el libro, un total de 18, fueron escritos entre 2014 y 2015, pero corregidos y enmendados este mismo año (2016).

Cuando me di cuenta de que había corregido un total 18 cuentos –la edad que tenía–, preparé el  manuscrito para empezar a enviarlo a distintas editoriales. Casi todas dijeron que no, a excepción de tres editoriales que se ofrecieron a publicarla, teniendo en cuenta el riesgo que supone publicar a un autor en ciernes y, más aún, si el autor acaba de cumplir 18 años.

Leí los contratos que las tres editoriales me ofrecían y la que más convenció fue esta, la Editorial Seleer, así que acepté y firmé un contrato. Este proceso comenzó en el mes de enero, y desde ahí hemos estado trabajando en este proyecto, codo a codo, con mis dos editoras: Danae y Francisca. Cuando envié el libro a la editorial, éste, tenía otro título; un título carente de significado y no lo suficientemente llamativo.

El título actual, Tanto que contar, me vino a la mente tras leer un poema del poeta griego Constantino Cavafis:

Tenía tiempo aún para gozar.

Tiene treinta años. Muy suficiente

es el plazo que el dios le da

para preocuparse de los peligros futuros.

Al leer esos versos, pensé en el tiempo –más que suficiente– que tengo para seguir escribiendo y, sobre todo, en las miles de historias que todavía tengo por contar.

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En la portada hay una planta; un diente de león con una flor que, al soplar sobre ella, produce un gran placer ver sus pétalos volar a mansalva. Ahí está, tal vez, el porqué de un diente de león en la portada; por el gozo que produce escribir y, más aún, leer.

Quien se acerque a este libro podrá encontrar relatos de todo tipo. Algunos, tratan el amor en la adolescencia, la incertidumbre que puede causar el futuro, la vida en Egipto o cómo vivían los antiguos apaches.

El lector verá que ciertos cuentos van acompañados de un epígrafe. Estas citas, todas literarias, están puestas, ya sea por la similitud del cuento con ellas o, simplemente, porque cuando leí aquellos fragmentos, enseguida vinieron a mi cabeza las ideas para escribir el relato. Verán partes de poemas de autores que forman parte de mi panteón privado, como: Aleixandre, García Montero, Cirlot o Antonio Colinas.

Deseo, profundamente, que estos cuentos sean del agrado de todos, y que les contagien    –aunque sea un poquito– el placer de la lectura.

Leer te hace más humano, te da la sensibilidad necesaria para poder apreciar una obra de arte, ya sea un cuadro, un poema, una pieza de música clásica o una ópera.

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